
Nos han vendido una idea cómoda: que el amor llega y arregla lo que estaba roto. Venga, vamos… ¿Quién no ha escuchado eso de «el amor todo lo puede?».
Te voy a hacer un spoiler complicado: no es cierto. Bueno, al menos no siempre es «solo el amor». Esta sociedad ha perdido lo verdaderamente importante, el compromiso.
Amar, según ese relato, es una especie de solución universal. Una fuerza que repara, que cura, que da sentido. Es una idea bonita, pero como he mencionado antes, es incompleta.
A veces el amor complica. A veces desestabiliza. A veces llega justo cuando menos espacio hay para él. Y eso no lo hace menos verdadero.
El problema del amor idealizado
El amor idealizado funciona bien en los relatos simples, donde se encuentran dos personas que dicen ser la media naranja de la otra, vendiendo historias donde los personajes solo necesitan “atreverse” o “luchar un poco más”. Pero cuando hablamos de personas reales —con historia, con creencias, con miedo, con responsabilidades— el amor deja de ser una respuesta fácil. Nosotros no somos fáciles. Ninguno de nosotros.
Hay amores que no encajan en la vida que ya existe.
No porque sean falsos, sino porque chocan contra estructuras muy sólidas: la fe, la familia, la identidad, el deber, el miedo a perderlo todo.
En esos casos, amar no arregla nada. Al contrario, abre grietas. Y bueno, digamos que es ahí donde empieza lo interesante.
Amar cuando no conviene
Pocas cosas se parecen menos a una historia romántica que amar cuando no conviene, cuando sabes que te va a costar algo importante. Cuando sabes que hay una línea que los separa al final del día y siempre es elegir una cosa u otra. Cuando no puedes hacerlo a la luz del día. Cuando cada paso hacia la otra persona es, al mismo tiempo, un paso lejos de lo que conocías.
Este tipo de amor no te promete crecimiento personal ni finales milagrosos donde terminan teniendo cuatro hijos y dos perros, no. Te enfrenta a preguntas incómodas:
- ¿Hasta dónde estoy dispuesta a llegar?
- ¿Qué parte de mí tengo que callar para seguir perteneciendo?
- ¿Quién soy si elijo esto?
Me interesan esas historias porque no idealizan al amor ni lo convierten en villano. Simplemente lo colocan donde realmente suele estar: en medio del conflicto.
Historias de amor reales: cuando no hay salida limpia
Las historias de amor reales rara vez ofrecen decisiones claras. No hay caminos correctos, solo elecciones que duelen de formas distintas.
Personas que se aman, pero no deberían hacerlo, no pueden hacerlo sin romper algo, no saben como sostenerlo o no están preparados para pagar el precio.
Estos relatos, el amor no llega para salvar. Llega para poner nombre a lo que ya estaba roto, para obligar a mirar de frente una vida que quizá ya no encaja, donde a lo mejor ya no perteneces. O si perteneces pero no has podido descubrirlo y te toca hacerlo porque te mueves en terreno pantanoso.
Eso incomoda, pero es profundamente humano.
El amor como conflicto narrativo
Desde la escritura, el amor es mucho más interesante cuando no funciona como recompensa, sino como tensión. Cuando amar no resuelve la historia, sino que la complica y obliga al personaje a tomar decisiones que lo transforman incluso si pierde.
Escribir historias de amor reales no consiste en describir sentimientos bonitos, sino en explorar las consecuencias de sentir. Es mostrar cómo el amor puede ser una fuerza que revela verdades que preferiríamos no ver.
Porque cuando el amor no salva, desvela.
¿Quién eres cuando todo se tambalea?
¿Qué estás dispuesta a sacrificar?
¿Qué estructuras ya no puedes seguir sosteniendo sin traicionarte?
Escribir sin promesas
No escribo sobre el amor como promesa de felicidad. Escribo sobre el amor como experiencia humana compleja, contradictoria y, a veces, devastadora.
Me interesan los finales honestos, no los cómodos y los que a todos nos gusta imaginar. Me gustan esas historias que no cierran todas las heridas, pero sí dejan de fingir que no existen.
Porque incluso cuando el amor no arregla nada, dice la verdad.
Y decir la verdad —aunque duela— también puede ser una forma de salvarse.
Por supuesto no hablo de vivir mejor, hablo de vivir sin traicionarse a uno mismo.
